10 nov. 2017

La construcción colectiva de una tragedia

Publicado hoy en LN
http://www.lanacion.com.ar/2080876-la-construccion-colectiva-de-una-tragedia

Querría hacer una reflexión en torno a un caso dramático, producido luego de que un Juez de Ejecución Penal de La Plata, de modo injustificado, concediera el beneficio de la libertad asistida a un recluso, quien terminó provocando la muerte de una menor, de 12 años. El asunto es tan doloroso que la mera pretensión de llevar a cabo una reflexión crítica al respecto ya genera sospechas, por lo cual, antes de desarrollar mi argumento, quisiera aventar posibles malentendidos.

Ante todo, es obvio que estamos, como tantas veces, frente a un crimen horrendo, que merece el máximo repudio colectivo. Del mismo modo, resulta claro que al asesino debe ser seriamente reprochado por lo que hizo; y que el juez que, con irresponsabilidad, concedió privilegios indebidos al reo, amerita también nuestra condena. Más todavía, corresponde decir –contra cierto sentido común de la época- que la miseria no libera a nadie de su responsabilidad criminal, ni la injusticia social convierte en justa atrocidad alguna. Finalmente, quisiera dejar a salvo de mis comentarios siguientes a las víctimas directas e indirectas de este tipo de crímenes, que requieren de todos nosotros compasión y solidaridad incondicionales.

Aclarado lo anterior, diría que en todo el ejercicio colectivo que ha rodeado a este crimen, puede advertirse una habitual mezcla de desdén, hipocresía y cinismo, que arroja dudas sobre la existencia de algún compromiso serio, frente a la violencia extendida. Sabemos bien que, convirtiendo a las cárceles en “escuelas del crimen,” sólo obtenemos como resultado un recrudecimiento de los problemas que luego denunciamos.  Sabemos bien que, arrojando más gente a la cárcel, no reducimos en absoluto la criminalidad, sino que la reproducimos. Sabemos bien que las respuestas extremistas que reclamamos, frente al crimen, no se correlacionan con menores índices de delincuencia, ni con delitos menos graves (más bien lo contrario).

Permítanme apoyar lo dicho con algunas cifras. La historia más cotidiana del crimen, hoy en la Argentina, tiene un desarrollo como el siguiente: se produce una falta grave, cometida por una persona que ha vivido una vida miserable (más del 70 por ciento de los varones detenidos provienen de entornos con antecedentes delictivos; casi el 80 por ciento no ha completado la secundaria; una buena porción de ellos no contaba con trabajo al momento de cometer el delito). Son excepcionales los casos en que el crimen es denunciado, y el criminal es encontrado, detenido y condenado por su crimen (de las causas penales que se inician, sólo un 5% llega a tener una sentencia). La persona que es detenida, en todo caso, puede quedar encerrada, tal vez por años, sin juicio previo (el 60 por ciento de los detenidos en la Argentina lo están sin condena previa). En la cárcel, separamos al presunto criminal de todos sus afectos, mientras la vinculamos con algunos de los peores delincuentes que hemos encontrado, y lo dejamos bajo control de personal poco entrenado y violento (casi el 70 por ciento de los reclusos admite haber cometido un delito con anterioridad; casi todos ellos denuncian vivir el encierro en condiciones de inseguridad extrema). Luego, dejamos a los presos hacinados, en cárceles cada vez más marcadas por la tortura y la muerte (los hechos de violencia grave dentro de las cárceles pasaron de 197 en 2009 a 606 en el 2016, con un pico registrado en el 2014, con 823 casos; entre 2008 y 2016, se elevó el número de muertes en detención, ascendiendo a un promedio de 43 muertes anuales). El resultado de todo este horror no es otro que el esperable. Aumentamos exponencialmente el número de personas presas (en los últimos años, la población carcelaria casi se duplicó, pasando de 91 personas detenidas cada 100 mil habitantes, en 1997, a 161 en 2014); uno de cada dos presos que sale en libertad reincide en el primer año; las tasas de criminalidad no bajan (la cantidad de robos creció un 10 % entre 2008 y 2015); y el crimen violento crece también (pasamos de 1 o 2 homicidios cada 100 mil habitantes, hace tres décadas, a 6.1 homicidios en la actualidad). Es decir, fallamos en todo, a pesar de la grandilocuencia, las sobreactuaciones y los gritos: tenemos más presos, más penas, mayores niveles de maltrato en prisión, mayores niveles de reincidencia, y como si fuera poco, más crímenes, más violentos.

No se trata, entonces, de autoflagelarse diciendo simplemente que lo hacemos todo mal: lo preocupante es que, sabiéndolo, sigamos haciendo lo mismo. Al periodismo le resulta comercialmente atractivo soltar el grito de alarma, entrevistar al dolor, llorar con la víctima, y pedir más penas. ¿Le interesó pensar por un instante que el camino por donde avanza, obstinadamente, hace más de 40 años, contribuye a reproducir y agravar los crímenes que denuncia? Por supuesto que no: su juego es otro. La política advierte también que el discurso sobre el crimen resulta altamente productivo. El kirchnerismo, en su década, desarrolló una retórica “tumbera”, mientras aprobaba las “reformas Blumberg,” aumentaba extraordinariamente los índices de encerrados, y permitía que crecieran los niveles de tortura sobre los condenados. El macrismo refuerza las malas cifras, pero con una retórica conservadora, como si el crimen se tratara de elecciones individuales, desligadas de las condiciones de grave injusticia social que el Estado genera y refuerza. La justicia, mientras tanto, ofrece su espectáculo dantesco. Los jueces “progresistas” socavan, en lugar de honrar, las “garantías” que proclaman, cuando irresponsablemente liberan a quien ha cometido un agravio, en lugar de tomarse en serio lo sucedido (también al criminal), ayudando a “reparar” el daño cometido, y a recuperar la dignidad de la víctima. Frente a ellos, otros jueces ejercen la demagogia alterna, que consiste en instrumentalizar, según las demandas del tiempo, tanto a víctimas como a victimarios: lo único que les interesa es preservar los propios privilegios. Una parte importante de la “ciudadanía indignada” también queda sujeta a reproches semejantes. Ella sabe que la mayoría de los presos (comunes y de los otros) pasan años de encierro sin haber sido jamás condenados, pero no dice nada; sabe que en las cárceles se vive en condiciones infrahumanas, pero no dice nada; sabe que en las cárceles se tortura y mata, pero no dice nada. En definitiva, son muchos los que deben asumir su responsabilidad en este proceso de construcción colectiva de la violencia social y el delito.

La buena noticia es que se conocen ya buenos sistemas de respuesta estatal frente al delito, que no se basan en la venganza pública (en los países bajos o en los escandinavos, esas respuestas funcionan bien por lo que implican, y no porque se trata de países ricos). Conocemos también prácticas “restaurativas”, como las que se desarrollan en Australia o Nueva Zelandia, con resultados altamente satisfactorios. Conocemos que –aun en nuestro propio país- comenzaron a implementarse experiencias piloto de tipo restaurativo, con buenos resultados. Es decir: no estamos condenados a repetir los errores de siempre, aunque a muchos de los actores involucrados les resulte altamente redituable reproducirlos.


13 comentarios:

Anónimo dijo...

https://www.infobae.com/america/eeuu/2017/11/10/el-emotivo-momento-en-que-un-padre-perdona-y-abraza-al-asesino-de-su-hijo-en-pleno-juicio/

ignatus dijo...

Excelente artículo. Saludos

Anónimo dijo...

La nota me parece excelente, porque le devuelve al tema la complejidad que merita. Sin embargo el primer párrafo en el que sentencias que el juez actuó mal me parece apresurado, o por lo menos no explicado ¿mal por lo que pasó después? ¿era obligación del juez evitar que eso sucediera? ¿esta mal desde la perspectiva legal otorgar la salida o justamente está mal la discrecionalidad que otorga la ley? ¿Se puede abstraer su acción de la inexistencia sistémica de una patronato de liberados y un seguimiento del estado de las personas que salen de prisión? ¿No hay una contradicción entre toda la critica estructural que expones en la nota y esa primera sentencia? Quiza es una estrategia retórica para que la indignación no impida la lectura de las ideas que luego expones...No sé...Una intuición...

Anónimo dijo...

Excelente Roberto, a aguantar ahora al garantismo tonto que pregonan algunos.

Un saludo
Andrés

Anónimo dijo...

Lo único que no queda claro de su excelente nota es por qué afirma que el juez que lo liberó había incumplido con su deber funcional al disponer la soltura. ¿Era incorrecta o correcta? Más allá del resultado trágico posterior. Le dejo un gran saludo, Matias

Anónimo dijo...

Una historia muy gargarelliana aca:https://www.infobae.com/america/eeuu/2017/11/10/el-emotivo-momento-en-que-un-padre-perdona-y-abraza-al-asesino-de-su-hijo-en-pleno-juicio/

julieta eme dijo...

excelente esto https://www.ted.com/talks/shaka_senghor_why_your_worst_deeds_don_t_define_you#t-704888

fahirsch dijo...

" ¿Una parte importante de la “ciudadanía indignada” también queda sujeta a reproches semejantes. Ella sabe que la mayoría de los presos (comunes y de los otros) pasan años de encierro sin haber sido jamás condenados,": Yo lo que veo por TV es numerosos casos de intentos de linchamientos por parte de vecinos y familiares. Y la Policia suele estar ausente. No suelo escuchar voces racionales (como la suya Dr. Gargarella).
Yo lo que veo es una enorme ineficiencia del Estado: pocos delitos resueltos, una enorme tardanza en condenar a quien es culpable, lo que conduce a carceles llenas de presuntos culpables.
Pregunto: la mayoría de la población ¿sabe de la "presunción de inocencia"? ¿sabe que la Constitución exige juicios con jurados? ¿tiene idea de como funciona legalmente la Justicia?
Las respuestas a las preguntas que hago debieran aprenderse en la escuela primaria, repetida en la secundaria y en la universidad. Pero también debieran ocuparse los abogados, y no solo algunos pocos.

Anónimo dijo...

Estimado, soy un kirchnerista ultra K como les gusta decir a ustedes. Debo decirte que en los ultima años casi no coincido en nada con vos pero este articulo que escribiste hoy en La Nación es impecable, te felicito
saludos
Mac

Damián Seras dijo...

A partir de "aclarado lo anterior" el articulo me parece excelente y muy profundo. Sin esa aclaracion previa hubiera sido brillante.

Eduardo Reviriego dijo...

Se puede coincidir casi totalmente con el análisis, y con la posibilidad de que se establezcan buenos sistemas de respuesta estatal frente al delito, pero la gente de a pié se pregunta ¿y mientras tanto?

Anónimo dijo...

*Es pertinente rg, no lo borres

Lo hicimos, finalmente nos animamos, nos sumamos a la movida del inependentismo que inauguraron los catalanes y que se expandió como la moda de las selfies.
Esta era otra forma de contemplarnos en la mirada del otro, y de vernos únicos, diferentes: nos declaramos como Estado Independiente de la Ciudad de Buenos Aires. Y punto, ya veríamos luego los rótulos adicionales, si república si democracia si comuna participativa.
Uno de los nuestros, bastante avispado se apuró en enviar la solicitud de ingreso a la Comunidad Europea ya que, fuera de toda duda Buenos Aires es una ciudad europea más. Así que nos atrevimos y en la osadía está la ganancia diría mi abuela. Nos aceptaron para nuestra sorpresa. Cumplíamos así un sueño de siglos: eramos europeos de ultramar, o algo por el estilo. No importan demasiado los detalles. Nos fue bien y listo. Mejor que bien: ahora podíamos animarnos a realizar todos nuestros sueños más locos. Calculadora en mano comenzamos por el tema de los presos. Teníamos que dejar atrás esa práctica aberrante de mantener a personas recluídas y aniquiladas social y emocionalmente. Pero no sabíamos como instrumentar el capítulo de la restauración reparadora. No nos íbamos a complicar, así que la hicimos corta: les dijimos a los condenados "Podes optar en quedarte en nuestras cárceles del primer mundo o podés irte con la plata que nos gastamos en mantenerte en prisión. Pero tenés que dejar la ciudad". Era buena plata, prácticamente el sueldo de un joven profesional yupie. Era un negocio redondo. Y un negocio posible, en nuestra sociedad totalmente automatizada no dabas un paso sin una tarjeta hasta para comprar un caramelo.
Resultó.
Y nuestra ciudad fue un paraíso. Pero...siempre hay un pero hubo algo que no fue como esperamos, hubo algo que no cerró...
(Ouch, me quedé sin caracteres para seguir)
saludetes - martha

Anónimo dijo...

*este también es pertinente y el último. Gracias.

...Como decía, algo no salió como esperamos. Debimos haberlo previsto. Debimos habernos anticipado y no lo hicimos. Valga como lección de humildad a nuestra recién inaugurada arrogancia.
El primer homicidio "criminis causa" nos despertó de nuestra insensatez. La indemnización por crimen era proporcional a la condena, o sea si la condena era de un año el subsidio era de un año para que, tal como dijeron nuestros legisladores, esta persona tuviera la oportunidad de reinsertarse en la sociedad desde una posición de ventaja, con el tiempo suficiente de buscar una actividad o de capacitarse; y sin el estigma del delincuente. Eso sí, si querían volver a la ciudad era otra historia. La CABA, como ciudad estado independiente se reservaba el derecho de readmisión, como lo hace Noruega, como hace Suecia ¿Por qué nosotros no?
Se alzaron voces de repudio, desde izquierda y de derecha y nos vimos obligados a reescribir nuestra ley fundacional. Los delitos violentos críminis causa no serían respaldados con la indemnización por condena. O detención o salida de la ciudad y punto. Después de todo nuestros habitantes ya se habían acostumbrado a la idea y la verdad que daba gusto salir a caminar o a correr sin miedo a un asalto.
El crimen colapsó y nuestra ciudad se convirtió en una ciudad jardin, en una ciudad residencia. Nuestra economía floreció con superavit y pudimos incluso indemnizar a las víctimas. Dimos conferencias, hicimos ponencias y congresos. Eramos un ejemplo en el mundo contra la ruinosa y nefasta economía carcelaria.
...Pero algo salió mal. Hubo algo que no resultó como esperábamos...
(La sigo después ...bha...o no.)
saludetes.
martha