10 oct. 2017

Thaler: Nobel de economía

En ediciones pasadas del blog, nos ocupamos bastante de los trabajos de Thaler, sobre todo a partir de las colaboraciones entre el actual Nóbel y nuestro amigo Cass Sunstein. A continuación, repito el último post que le dedicamos al trabajo de ambos autores (alguna crítica adicional se encuentra acá)


Las críticas que siguen retoman y en parte se inspiran en la revisión que hiciera Peter Wells sobre “Nudge: Improving decisions about health, wealth and happines” de R.Thaler y C. Sunstein en su texto “A Nudge One way, A Nudge the Other: libertarian paternalism as political strategy”, People, Place & Policy Online (2010): 4/3, pp. 111-118

Entre liberales y conservadores. Sunstein, en su defensa del paternalismo, parece estar detrás de un proyecto que tiene alguna similitud importante con el proyecto de Dworkin, en su defensa de la igualdad. Dworkin, según entiendo, se veía a sí mismo como desafiando a los “viejos igualitarios” y a los “conservadores” de siempre, y su teoría afirmaba e incluía lo que cada uno de sus adversarios desconocía. En su visión, los “viejos igualitarios” sostenían (con razón) que la comunidad política tenía una responsabilidad colectiva con el “igual respeto” hacia cada uno, pero definían “igual respeto” de un modo que ignoraba las responsabilidades personales de cada uno. Mientras tanto, los “conservadores” también fracasaban, en su insistencia sobre la responsabilidad individual, porque ella ignoraba por completo todo lo relativo a la responsabilidad colectiva de la comunidad, en relación con la suerte o desgracia de cada uno. Sunstein, me parece, se encuentra detrás de una empresa parecida, cuando defiende el paternalismo en un medio académico tan resistente a cualquier tipo de regulación estatal (adicional). Él interviene en la discusión, como Dworkin, tratando de mostrarles a “liberales” y “conservadores”, que se aproximan a la cuestión del modo equivocado. Los “conservadores” se equivocan, porque defienden la “libertad de elección” a secas, sin reconocer o entender que muchas de las preferencias expresadas por las personas son producto de “marcos de decisión” que otros fijan en lugar de los que luego deciden. Mientras tanto, muchos “liberales” progresistas siguen atados a formas de “comando y control” que implican (i.e., a través de programas compulsivos) reemplazar directamente, o anular, la posibilidad de que alguien decidida por su cuenta, o diga no (“opt out”) frente a algún programa preferido por el Estado. 

De modo lento pero insistente, van apareciendo comentarios críticos al proyecto de “Nudge,” que provienen no ya de la derecha académica, sino de la izquierda. La derecha es la que ha virtualmente monopolizado, hasta el momento, las objeciones a dicho proyecto. De modo habitual, aparecen quejas al paternalismo estatal, aún en sus formas más suaves, como las que defiende Sunstein, porque se sigue considerando al mismo como demasiado intrusivo, o poco respetuoso de la libertad de elección o (incluso) la dignidad de cada uno (como en la crítica avanzada por Jeremy Waldron contra Sunstein, sobre este tema). Muchos otros, en cambio, nos sentimos identificados con la defensa del paternalismo estatal, pero el mismo nos deja con “gusto a poco”, cuando no se acompaña de otros pasos necesarios, o peor aún, cuando aparece como viniendo a tomar el lugar de estos últimos. Señalaría, en este respecto, las siguientes críticas. 

Individualismo. En primer lugar, el “paternalismo suave” nos pone frente a regulaciones marcadas por la posibilidad de “salida” (“opt out”), y ansiosas por dejar en claro que ellas son respetuosas de la libertad de elección individual. (Tal vez todo se explique por el peso de las críticas de la derecha académica, en un ámbito como el norteamericano). De modo más grave, y en lo que me interesaba aquí señalar, dicho paternalismo muestra un enfoque concentrado en la libertad de elección de los individuos, dejando por completo relegada la preocupación por lo “colectivo”. Este rasgo, como veremos enseguida, marca un problema cuando no aparece como una opción metodológica (comenzar primero por lo individual, o poniendo el centro en el individuo) sino como una tendencia que desplaza el interés por, y las reflexiones sobre, lo colectivo. 

Deliberación. En segundo lugar, y vinculado con lo anterior, el tipo de paternalismo defendido por Sunstein deja de lado la preocupación por las medidas estatales destinadas a promover la deliberación pública, u otras semejantes, que están interesadas en mejorar o refinar las decisiones de la comunidad, antes que concentradas en las elecciones de cada uno. Para quienes venimos de la tradición de la “democracia deliberativa,” y sobre todo para quienes venimos de una tradición que encontraba en Sunstein a uno de sus referentes en la materia, este descuido o desplazamiento de la cuestión resulta muy decepcionante. Las críticas que en los últimos largos años Sunstein ha venido haciendo a la racionalidad colectiva, o sus referencias a los sesgos de las decisiones grupales (i.e., la ley de la “polarización de grupos”) parecen ya marcar un abandono definitivo de ese compromiso deliberativo que antes mostraba. Ello asì, del mismo modo en que hoy Sunstein abandona de modo explícito la idea Milleana que propone ver a cada individuo como “el mejor juez” de sus propios intereses (se trata un rechazo que está en la raíz misma del tipo de paternalismo que hoy Sunstein defiende). 

Desigualdad. En tercer lugar, los escritos de Sunstein en la materia, que vienen acumulándose en estos años a través de obras individuales o en co-autoría, muestran muy poca o nula atención a las cuestiones relacionadas con la desigualdad, y la suerte de los grupos que están peor. Otra vez, dicha preocupación ocupaba un lugar central en los “viejos” escritos de Sunstein, en particular en sus críticas al mercado, o en su rechazo a ideas simplistas de la “neutralidad” (paralelas a su actual crítica a la “arquitectura de la elección”). Es posible que Sunstein preserve aquellas preocupaciones en el trasfondo de sus actuales escritos. Sin embargo (otra vez, tal vez por el peso que tiene en su ámbito la crítica de la derecha, y la necesidad de persuadirla), es llamativo e impropio que su última línea de trabajo siga tan carente de preocupaciones sociales e impulsos igualitarios. Ello, en particular, cuando tenemos en cuenta no sólo la presencia de esas desigualdades en la vida de países como los nuestros (o, más específicamente en países como los Estados Unidos); sino también cuando reconocemos lo obvio, esto es, el modo en que esas desigualdades afectan la capacidad de “elección libre” de los individuos (como bien había subrayado Gerald Cohen, entre tantos, en sus artículos sobre la libre elección). Ya que estamos, agregaría que buena parte del trabajo de Jon Elster en el área de las "fallas de racionalidad" (típicamente, en la línea de su libro "Uvas amargas") iba en esta dirección: una preocupación por la suerte de los más desaventajados (la clase obrera que no daba el salto hacia las "uvas" pensando, creyendo o auto-convenciéndose de que estaban amargas), y un interés en revisar de qué modo las desigualdades existentes terminaban afectando su capacidad de decisión.



1 comentario:

Anónimo dijo...


Hola Roberto.

“…la idea Milleana que propone ver a cada individuo como “el mejor juez” de sus propios intereses “; puede relacionarse con cierta “... lectura de Simone Weil…”?

Como por ejemplo, con la que se esbozara aquí?

“…Aprendimos que para ella la invención de un partido político era algo diabólico porque la gente renunciaba a su libertad de pensamiento. Simone Weil quería en política gente fiel a su propia luz interior. Es una noción complicada, no muy clara. De su lectura pudimos extraer un principio: actuar en política, confiar en la autonomía del propio pensamiento, es tan necesario como rebajar el nivel de las identificaciones y conseguir que cada cual se remita a su propia opinión. Dicho de otra manera, evitar masificar las reacciones y no encantarse con la referencia a un jefe o a un partido. Al contrario, se trata de hacer algo múltiple, articulado y discutido. En este contexto, un principio fundamental es la tolerancia a la palabra del otro, a la libertad de expresión...”.

https://www.pagina12.com.ar/68488-el-reverso-del-discurso-del-amo

Saludos.